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Napoleón III (1808-1873), último monarca de Francia. Apoyó a Maximiliano en el segundo imperio mexicano, aunque terminó retirando su ayuda al emperador y a la causa conservadora.iStock
En el siglo XIX mexicano hubo dos modelos para estructurar las relaciones Iglesia-Estado: la confesionalidad, es decir, el catolicismo sería la única religión permitida, que como tal debía ser protegida por el gobierno, y la separación o laicidad, lo que implicaba que el país no tendía una religión oficial. Ambos modelos se identificaron como conservadores y liberales, respectivamente. En ese contexto, la supuesta riqueza de la Iglesia frente a un Estado pobre y la voluntad de imponer una nueva concepción de autoridad, de sociedad y de individuo en la que el Estado debía regir las relaciones sociales, hicieron inevitable el conflicto entre la Iglesia y este último.
De ese modo, el enfrentamiento entre quienes pensaban que la nación mexicana debía ser católica y los que pugnaban por un México laico, libre de la tutela religiosa, acabaron enfrascados en una guerra civil entre 1858 y 1860, que terminó con el triunfo del gobierno liberal encabezado por Benito Juárez y la promulgación de las Leyes de Reforma. Éstas decretaron la independencia de la de esas dos instituciones, la nacionalización de los bienes eclesiásticos, la creación del registro civil, la exclaustración de las órdenes religiosas y la eliminación de las cofradías.
Liberalismo vs conservadurismo
La derrota conservadora no significó el término del proyecto que buscaba un México católico, apegado a su origen hispano, por lo que quienes se habían opuesto al liberalismo buscaron instaurar un gobierno monárquico, con la idea de que el único lazo de unión de los mexicanos era la religión católica y la monarquía, con los principios de orden y estabilidad que conllevaba, sería la única manera de salvar al país del caos y la anarquía. De modo que los monarquistas mexicanos decidieron que debían buscar a un príncipe católico que encabezara la salvación de la patria mexicana, en peligro por las ideas liberales que acabarían por provocar la desaparición de la nación. Para llevar a cabo ese proyecto, los consevadores tuvieron el apoyo del emperador Napoleón III, cuyos intereses de tener presencia en el continente americano para contener la creciente influencia estadounidense, así como sus propias inversiones en el norte de México, lo llevaron a apoyar la instauración de un gobierno monárquico en el territorio mexicano.
EN EL SIGLO XIX EN MÉXICO SE ENFRENTARON DOS PROYECTOS: ESTADO CATÓLICO VS LAICIDAD
El elegido para ocupar el trono del Imperio mexicano fue Maximiliano de Habsburgo, hermano del emperador de Austria-Hungría, que había recibido una esmerada educación para ejercer funciones de gobierno, aunque no tenía mayores obligaciones después de ser destituido del gobierno de la provincia Lombardo Véneta por sus simpatías liberales que lo habían llevado a apoyar la independencia de dicha provincia, lo que molestó mucho a su hermano Francisco José. Así, Maximiliano recibió con beneplácito la idea de ocupar el trono del Imperio mexicano, un proyecto que fue impulsado por su esposa, Carlota de Bélgica, quien también había sido formada para ejercer funciones de Estado y se encontraba convencida de que era la oportunidad que estaban esperando para ejercer las labores para las que habían sido educados desde su más tierna infancia.
Entrada en CDMX por el Ejército francés, 10 de junio de 1863, comandado por el general E. Fréderic Forey y las fuerzas conservadoras dirigidas por Juan N. Almonte y Leonardo Márquez.ASC
A LOS MONARQUISTAS MEXICANOS NO LES AGRADÓ QUE NAPOLEÓN III APOYAR A LA LIBERTAD RELIGIOSA
Una de las motivaciones de los monarquistas para apoyar el proyecto imperial fue restaurar los derechos perdidos por la Iglesia católica. De modo que vieron en Maximiliano a un personaje que apoyaría los dictados de la Santa Sede y echaría abajo la legislación reformista decretada por los liberales en 1859. En espera de la llegada del emperador a México, se formó una regencia que ejercería funciones de gobierno, pero los enfrentamientos entre ésta y los tribunales por los bienes nacionalizados fueron continuos y nadie propuso la manera de solucionar el problema religioso mediante la restitución a la Iglesia de sus bienes o la indemnización por sus pérdidas. Los regentes alegaron que no les correspondía ocuparse de ese asunto y prefirieron dejar al soberano o al papa la decisión sobre esa cuestión tan espinosa.
Cuando finalmente llegaron a México, Maximiliano y Carlota en junio de 1864, la relación de los monarquistas y la Iglesia con la regencia era muy tirante, ya que desde que las tropas formista decretada por el gobierno liberal de Benito Juárez. Frente a los conflictos con la institución eclesiástica, Carlota escribió a la emperatriz Eugenia —esposa del emperador Napoleón III— denunciando la estupidez de los conservadores que, a su juicio, creían que la religión consistía en repartir diezmos y acumular bienes eclesiásticos, e intentaban explotar las cuestiones religiosas por razones políticas. La joven emperatriz condenó la oposición del arzobispo de México, Pelagio Antonio de Labastida y Dávalos, al intento del emperador de establecer la tolerancia religiosa, de imponer un impuesto al clero y de ignorar las reclamaciones a los poseedores de bienes eclesiásticos. Para los emperadores, la única manera de relacionarse con la Iglesia católica era mediante la sujeción a su autoridad imperial. francesas habían ocupado la Ciudad de México, el mariscal Élie Forey había declarado que Napoleón III apoyaba la libertad religiosa, idea opuesta a los principios conservadores que habían llevado a la búsqueda de un gobierno que restaurara los derechos de la Iglesia católica, derogados por los liberales mexicanos.
El emperador, sin embargo, compartía las ideas declaradas por Forey, y consideraba que la Iglesia no debía ser una instancia que disputara su poder y autoridad, por lo que desde su llegada a México apoyó tácitamente legislación reformista decretada por el gobierno liberal de Benito Juárez. Frente a los conflictos con la institución eclesiástica, Carlota escribió a la emperatriz Eugenia —esposa del emperador Napoleón III— denunciando la estupidez de los conservadores que, a su juicio, creían que la religión consistía en repartir diezmos y acumular bienes eclesiásticos, e intentaban explotar las cuestiones religiosas por razones políticas. La joven emperatriz condenó la oposición del arzobispo de México, Pelagio Antonio de Labastida y Dávalos, al intento del emperador de establecer la tolerancia religiosa, de imponer un impuesto al clero y de ignorar las reclamaciones a los poseedores de bienes eclesiásticos. Para los emperadores, la única manera de relacionarse con la Iglesia católica era mediante la sujeción a su autoridad imperial.
Tras la derrota de los liberales, mayo de 1863, la ocupación impuso una regencia y una Junta de Notables como poder Legislativo y legitimaron a la monarquía como forma de gobierno.ASC
Pelagio Antonio Labastida y Dávalos, obispo de Puebla (mediados del s. XIX) y luego nombrado arzobispo de México, puesto eclesiástico en el que prevaleció hasta entrado en porfiriato.Museo Nacional del Virreinato
Con la bendición papal de Pío IX recibida en Roma, Maximiliano y Carlota se embarcarán en posicionarse a la cabeza del flamante Imperio mexicano el 28 de mayo de 1864.INAH
Roces entre la Iglesia y la nueva autoridad imperial
En diciembre de 1864 el papa Pío IX envió como nuncio apostólico a Francesco Meglia, que portaba una carta del pontífice en la que éste expresaba su inquietud ante la demora en suspender la legislación liberal sobre la política eclesiástica. Maximiliano, por su parte, pretendía proponer un concordato entre el imperio y la Santa Sede, pero el nuncio no tenía instrucciones a ese respecto. En cambio, el papa demandaba la abrogación de las Leyes de Reforma, el establecimiento de la religión católica como la única del país y el Estado, la supervisión exclusiva de la educación, la reinstalación de las órdenes religiosas y la reafirmación del derecho de la Iglesia de poseer bienes raíces. Maximiliano no aceptó ninguna de las demandas pontificias y Meglia salió del país. Maximiano, sin darse cuenta de lo que significaba el enfrentarse con el papa que había apoyado el proyecto imperial, escribió a Carlota que “la salida del nuncio es un gran error de la vieja y débil Roma y, hábilmente utilizada, sólo puede sernos útil; por fin creerá el partido liberal en nuestra sincera y buena voluntad y verá que no hacemos un juego doble”.
EL CLERO LOCAL NO VIÓ CON BUENOS TÉRMINOS VARIAS DE LAS MEDIDAS POLÍTICAS DE MAXIMILIANO
El emperador aún creía que podía ser firme en su política liberal en cuanto a la Iglesia y lograr un acuerdo con la Santa Sede, por lo que envió una comisión encabezada por Joaquín Velázquez de León e Ignacio Aguilar y Marocho para hablar con el pontífice. El emperador creía que el papa estaba mal informado de toda la situación por las quejas que constantemente le llegaban del clero mexicano y de los conservadores pero que, al conocer verdaderamente su política, la aprobaría. Así, envió una propuesta de concordato que proponía la tolerancia de todos los cultos, pero concedía su protección especial a la religión católica, apostólica y romana como religión de Estado. Afirmaba que el tesoro público proveería los gastos del culto y pagaría a sus ministros en la misma proporción que los otros servicios civiles del Estado. Disponía que los ministros del culto católico administraran los sacramentos y ejercieran su ministerio gratuitamente, sin cobrar por sus servicios, y sin que los fieles estuvieran obligados a pagar obvenciones parroquiales. La Iglesia mexicana cedería al gobierno todas las rentas procedentes de los bienes eclesiásticos nacionalizados.
Las crónicas de la época describen con detalle el enorme júbilo que causó la bienvenida a Maximiliano y Carlota en al capital del país, 12 junio de 1864. México tenía un nuevo emperador.ASC
Un monarca demasiado “liberal”
Como es lógico, el papa no estuvo de acuerdo con la propuesta de Maximiliano, y ni siquiera respondió a su misiva. Entonces, el emperador decretó la nacionalización de los bienes de la Iglesia, la supresión de obvenciones parroquiales, la libertad de cultos y de prensa y propuso convertir a los miembros del clero mexicano en trabajadores del Estado. Asimismo, prohibió que circulara una encíclica papal en la que se condenaba la libertad de cultos y la formación de estados laicos. Como era de esperarse, todo el episcopado mexicano se declaró enérgicamente en contra de estas medidas que incluso sobrepasaban las planteadas por la Constitución liberal de 1857, es decir, las disposiciones de Maximiliano resultaron ser más liberales que las que Benito Juárez había instrumentado mediante su legislación reformista.
El 19 de junio de 1867 es el día del fusilamiento de Maximiliano. En sus últimas horas, el monarca se confesó, escuchó misa y fue conducido en una carroza al lugar de la ejecución.Museo Hermitage
Detalle de “La Reforma y la caída del Imperio”, por José Clemente Orozco. Este mural cargado de alegorías hace referencia al triunfo de Benito Juárez sobre todas las fuerzas conservadoras.Museo Nacional de Historia
Maximiliano creyó en una última posibilidad de solucionar el problema eclesiástico, gracias a las esperanzas que le infundió Agustín Fischer, presbítero alemán que supo acercarse al emperador mediante la escritura de un informe sobre la situación general del país, lo que le valió el nombramiento de capellán honorario y el ser enviado a Roma con una carta de Maximiliano para el papa con el fin de intentar un nuevo acuerdo con la Santa Sede. Sin embargo, el imperio sucumbió antes de que esta solicitud obtuviera respuesta, ya que en enero de 1866 Napoleón III le informaba a Maximiliano que retiraría todas sus tropas de México, lo cual implicaba que el emperador se quedaría sin ningún tipo de apoyo para intentar salvar su agonizante gobierno.
Las medidas de Maximiliano respecto a la Iglesia fueron una decepción para quienes consideraron que el segundo Imperio podía ayudar a retomar la formación de los mexicanos en torno a los valores religiosos tradicionales. Por su parte, la Iglesia católica, que había confiado en que con un gobierno apoyado por Francia y con un príncipe católico a la cabeza, podría recuperar los bienes que les habían sido arrebatados por las leyes liberales, vio traicionadas sus esperanzas. De modo que Maximiliano, a decir de Erika Pani, “resultó ser menos ‘buen católico’ de los que se esperaba”. Su tácita ratificación de las Leyes de Reforma fue muy mal recibida, tanto por la Santa Sede como por la jerarquía mexicana y los católicos que habían apoyado el proyecto imperial se sintieron traicionados por las disposiciones del gobierno de Maximiliano. Al no proteger a la “verdadera religión” el segundo Imperio perdió su razón de ser, por lo que su caída, desde el punto de vista católico, fue inevitable y justa.
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