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Santander: villa y puerto excepcional
Santander es la síntesis de la esencia y el genio marítimo de Cantabria. Está situada en una de las bahías más hermosas del mundo: hace más de 700 años Fernando IV de Castilla dejó por escrito que «La villa de Sant Ander es una de las buenas villas que hay en el mundo, e uno de los mejores puertos de mar…».
Fundada por los romanos como Portus Victoriae el año 29 a.C, durante siglos creció alrededor de la Puebla Vieja y el puerto, a los pies del Castillo del Rey y la Iglesia Colegial de los Cuerpos Santos. Esta última es en la actualidad una espléndida catedral con hechuras de fortaleza que alberga los bustos-relicarios de los patrones locales, san Emeterio y san Celedonio.
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Las maravillas rurales de Cantabria
Para disfrutar como se merece de esta hermosa ciudad es imprescindible recorrer su paseo marítimo, pero antes se puede visitar el Centro Cívico Tabacalera, cerca del Barrio Pesquero, que alberga el jardín vertical más grande de Europa.El Centro Botín marca la arquitectura más vanguardista de Santander y ejerce como punto de arranque del Paseo de Pereda, que conduce por el itinerario más costero de la ciudad, disfrutando de los elegantes edificios modernistas de la fachada marítima.
Puerto Chico y el Palacio de Festivales marcan de hito en hito este periplo hasta llegar al Museo Marítimo del Cantábrico, en las cercanías de la playa del Peligro. A pesar de la belleza de nuestro recorrido, conviene adentrarse de cuando en cuando por las calles paralelas del casco antiguo. Esta cuadrícula está repleta de establecimientos tradicionales en los que será un placer detenerse a reponer fuerzas con un cocido montañés. También hay modernos bares que invitan a cumplir con el rito santanderino de tomar el vermut acompañado de las típicas rabas, tiras de calamar rebozado elevadas a la categoría de delicatessen.
El top de la playucas
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La península de la Magdalena
La península de la Magdalena, en el extremo este de Santander, es una parada ineludible, por muchas veces que se haya visitado la ciudad. Se puede avistar desde el mar a bordo de los barcos que recorren la bahía y que también pasan por Pedreña y Somo. La alternativa consiste en continuar en busca de la zona más señorial, atravesando a pie el antiguo túnel del tren de Pombo, hoy reconvertido en una vía peatonal que desemboca en las inmediaciones del Gran Casino y la playa del Sardinero, símbolos de la Belle Époque. En 1913 la ciudad regaló a Alfonso XIII el Palacio de la Magdalena, con sus techos de pizarra de estilo inglés, convertido en residencia real. Su elegante arquitectura domina toda la península, escoltado por el cercano faro de la isla de Mouro y marcando el extremo de la bahía.
Playas, acantilados y faros
Hacia el este se extiende la comarca de Trasmiera que alcanza hasta Santoña y alberga innumerables playas y acantilados. Cantabria atesora alrededor de ochenta playas a lo largo de su litoral; para visitarlas todas habría que reservarse las vacaciones estivales de varios años, así que lo mejor será empezar por el ineludible faro de cabo de Ajo, situado en un promontorio en la desembocadura de la ría del mismo nombre. En 2020 el edificio fue pintado por el artista cántabro Okuda como un caleidoscopio de cien colores que convirtió al faro más septentrional del territorio en una famosa atracción turística. Partiendo de la célebre linterna por un camino costero se accede a la cueva de la Ojerada, una cavidad abierta al mar con dos oquedades como los ojos de un gigante mítico.
En la ribera opuesta a la ría de Ajo se encuentra la playa de La Arena, punto de inicio de una ruta de senderismo fabulosa: en unas tres horas se bordean los promontorios formados por antiguos arrecifes coralinos. Los acantilados del municipio de Isla forman parte del sistema de reservas del Ecoparque de Trasmiera. A cada paso se pueden observar los restos fósiles de corales y rudistas (moluscos bivalvos), mientras el camino serpentea por farallones y oquedades que en algunos puntos alcanzan los cincuenta metros de altura. Cuando se culmina el cabo Quejo, antigua atalaya de balleneros, el camino desciende hacia el pueblo de Isla, no sin antes ofrecer una panorámica de las playas de la ría de Quejo y la marisma del Joyel.
Ubicación Exacta
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Foto: iStock
rumbo a Isla y Noja
Isla y Noja son dos puntos muy populares. Esta última abre al mar sus playas del Ris, Trengandin y Helgueras, mientras que el municipio de Isla cuenta con arenales más recoletos pero de gran belleza.
Las playas de Arnadal, El Sable y Los Barcos están separadas entre ellas por peñones de roca caliza. Cuando baja la marea, partiendo de la playa de Los Barcos es posible cruzar el arenal de la ría de Quejo hasta Noja en un agradable paseo entre rocas que emergen de la finísima arena, rodeadas aquí y allá por pequeñas pozas de marea. La elegancia natural de estas formaciones, únicamente podrían compararse con la armonía que transmite un jardín japonés.
Isla cuenta con viveros naturales de marisco al borde del mar. Hay que aprovechar la oportunidad para probar sus afamadas langostas y abacantos o bogavantes, que nos prepararán al momento en cualquiera de los restaurantes locales. Pero como no todo va a ser mar, merece la pena comprar una buena provisión de pimientos en conserva, una delicia local que ameniza platos y pinchos por toda la cornisa cantábrica.
Bordeando la marisma del Joyel tomamos rumbo a la localidad pesquera de Santoña por la carretera CA-141, mientras disfrutamos del paisaje del Parque Nacional de las Marismas de Santoña, Victoria y Joyel. Un área única, un santuario natural de gran valor. Se calcula que los tres humedales acogen un tercio de las aves migratorias que cruzan en la Península Ibérica. Sin embargo, los responsables del parque han sabido aunar la protección de la naturaleza con las tradiciones locales y aún se ven durante la bajamar cuadrillas de mariscadoras recorriendo los arenales en busca de almejas y gurriañas.
Foto: Shutterstock
anchoas y faros en Santoña
Santoña está resguardada por la impresionante mole del monte Buciero. Se trata de una de las poblaciones más famosas por su actividad pesquera como motor económico de Cantabria y por la producción de su más representativo producto: la anchoa en conserva. Cuenta la historia que el italiano Giovanni Vella Scatagliota arribó a la localidad en 1883 y se le ocurrió mejorar el producto eliminando las espinas de los filetes de anchoa y añadiendo aceite de oliva, lo que supuso un éxito tremendo. Las numerosas fábricas de Santoña ofrecen visitas para conocer el proceso, degustar y adquirir este delicioso producto 100% cántabro.
No podemos abandonar Santoña sin visitar uno de sus lugares más emblemáticos: el faro del Caballo. Para ello hay que calzarse las zapatillas de senderismo y empezar recorriendo el Paseo Marítimo. Pasaremos primero por delante del monumento a Juan de la Cosa, el ilustre marino y cartógrafo santoñés, y al fondo, a pie de montaña, unas escaleras nos conducirán al Fuerte de San Carlos, antigua fortaleza defensiva del puerto de Santoña construida en 1668. A partir de aquí se asciende paulatinamente por una de las cinco rutas del monte Buciero, la que rodea el peñón y nos ofrece una increíble vista de águila de la bahía de Santoña y de la vecina Laredo.
Faro del Caballo / Foto: Shutterstock
La joya del recorrido es el faro del Caballo, construido en 1883 y hoy en desuso. En el camino principal hay que tomar un desvío a la derecha –bien indicado– y descender 763 empinados escalones, y otros tantos de subida, claro. Se puede ir en barco desde Laredo o Santoña, pero no es lo mismo.
Regresando de nuevo al camino, continuamos la ruta hasta terminar al otro lado del Buciero, en el faro del Pescador, donde será preceptivo premiarse con la apertura ritual de una lata de anchoas y acompañarlo de los dulces y carnosos pimientos rojos de Isla, mirar el imponente paisaje marítimo de aguas azul turquesa y dar gracias por este momento a los dioses celtas, romanos, cristianos… los que fueren.
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Castro Urdiales / Foto: Shutterstock
De Laredo a Castro Urdiales
Desde Santoña se vislumbra al otro lado de la bahía la localidad de Laredo con sus tres hermosas playas, delicia de los bañistas en verano, que se extienden a lo largo de 8,4 km. Hasta allí solo nos separan 15 km bordeando las marismas por la carretera CA-241 y la A-8.
Cuentan que la villa de Laredo alojó a viajeros reales: Isabel la Católica y su hija Juana se hospedaron aquí en 1496, Catalina de Aragón en 1501 y el emperador Carlos V, en 1556. En el número 16 de la calle San Marcial del pintoresco casco antiguo, aún se conserva con orgullo la casa en que durmieron tan ilustres personajes.
El periplo por el extremo oriental de Cantabria acaba en la marinera Castro Urdiales. Amada por los romanos, el emperador Vespasiano la fundó como Flaviobriga y fue la única colonia del Imperio en la costa cantábrica. Escoltada por el monte Cueto y el imponente pico Cerredo, ha crecido alrededor del puerto pesquero, del faro fortaleza y la iglesia gótica de Santa María de la Asunción del siglo XIII. Es una de las villas turísticas más populares y bulliciosas, especialmente durante la fiesta del Coso Blanco, el primer viernes de julio.
Liérganes / Foto: Shutterstock
Liérganes entre puentes
La ruta continúa ahora hacia el occidente de la comunidad por la autopista A-8, no sin antes desviarse para llegar a Liérganes. Con esta maravilla de población a caballo entre los valles pasiegos y la comarca de Trasmiera, se inaugura el recorrido por tres de las localidades que, junto a Santillana del Mar y Potes, están inscritas en la lista de la Asociación de Pueblos más bonitos de España.
El vínculo de Liérganes con el mar le viene de Francisco de la Vega, más conocido como el Hombre-Pez. Cuenta la leyenda que era un muchacho con especiales dotes para la natación y el buceo, hasta que un día de 1674 desapareció mientras nadaba en la ría de Bilbao. Cinco años más tarde, fue atrapado por las redes de unos pescadores gaditanos. De vuelta a Liérganes, con aspecto desaliñado y cubierto de escamas, Francisco a duras penas se adaptó a la vida en tierra y volvió a desaparecer al cabo de un tiempo. Cuesta trabajo entender que aquel joven prefiriese el mar a su soberbio pueblo, trufado de elegantes casonas con balcones colmados de flores. Hoy, bajo el arco del Puente Mayor, una estatua de Francisco al borde del río perpetúa su memoria.
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Foto: Getty Images
Santillana del mar y altamira
Dicen las malas lenguas que Santillana del Mar es el pueblo de las tres mentiras: ni es santa, ni es llana, ni tiene mar.Lo cierto es que al menos dos de ellas, si no las tres, son afirmaciones envidiosas, si consideramos que a escasos dos kilómetros de Santillana se encuentra la cueva de Altamira, considerada la Capilla Sixtina del arte rupestre.
Además, la localidad está radicada en un llano, aunque rodeada de suaves colinas de un verde aterciopelado. Y por último –algo que muy pocos saben–, la idílica playita de Santa Justa, con su antigua ermita engarzada en la oquedad de un pliegue rocoso anticlinal, pertenece también a la localidad. Lo cierto es que Santillana es la elegancia personificada de la arquitectura cántabra, con su calles empedradas, palacios solariegos y casonas blasonadas. Cada rincón es un motivo de inspiración para artistas y fotógrafos rematado por la soberbia Colegiata de Santa Juliana.
Oyambre / Foto: Shutterstock
San Vicente de la Barquera y oyambre
La frontera occidental con Asturias la marca San Vicente de la Barquera. Si se cruzan sin respirar los 500 metros y 28 arcos del llamado Puente de los Deseos, oficialmente puente de la Maza, se materializa cualquier sueño. Aunque estar en San Vicente ya es un premio en sí mismo. Desde las alturas nos recibe la imponente figura del Castillo del Rey, fortaleza roquera que conforma junto a la Iglesia de Santa María de los Ángeles, un soberbio conjunto monumental. Pero el principal atractivo de la localidad es su encanto marinero. En San Vicente, el aire salino del mar se une en perfecto maridaje al aroma del arroz con bogavante y del sorropotún, un contundente cocido de bonito.
Un buen inicio para visitar el Parque Natural de Oyambre es el Santuario de la Virgen de la Barquera, de la que se cuenta que apareció en la costa a bordo de un barco sin velas ni tripulación. Partiendo del faro de Punta Silla, nos esperan acantilados, dunas y marismas de ensueño, así como las playas de Merón y Oyambre, declaradas «reserva del surf».
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Cantabria es la única región del planeta por donde discurren dos caminos de peregrinaje de los cuatro existentes en la cristiandad: el Camino de Santiago y el Camino Lebaniego. En San Vicente de la Barquera se inicia el segundo de ellos. Los peregrinos, llamados «cruceros», recorren la ruta siguiendo las indicaciones marcadas con cruces rojas hasta culminar en el Monasterio de Santo Toribio, donde desde el siglo VIII se custodia el Lignum Crucis, el mayor fragmento de la cruz de Cristo.
Remontamos el curso del Deva entre las altas paredes del desfiladero de la Hermida, el más largo de España con 21 km. A mitad de camino, el balneario de La Hermida permite un descanso antes de afrontar el último tramo de esta estrecha garganta. Tras este periplo, escoltados por águilas y buitres, los valles lebaniegos se abren como si de un remoto y dulce Shangri-La se tratara.
Valle de Liébana / Foto: Getty Images
Los Picos de Europa
Potes, capital de la comarca de Liébana, es la antesala de los Picos de Europa. A la vera de los ríos Deva y Quiviesa, su intrincada red de callejuelas, pórticos y torres está comunicada por cinco puentes de inspiración medieval bajo cuyos arcos discurre un paseo fluvial. El puente de la Cárcel, el de San Cayetano y así hasta culminar en el de los Colegios, guían por molinos y veredas de aguas cristalinas. Perderse en Potes es imposible pues la Torre del Infantado, en las cercanías de la Casa del Oso, hace las veces de faro y de referencia para los visitantes desde finales del siglo XV.
En Potes hay que tener mucho cuidado ya que se corre el riesgo de sucumbir al pecado capital de la gula. No es una afirmación exagerada, puesto que los valles de Liébana son el territorio donde se elabora y degusta el queso Picón Bejes-Tresviso, el cocido lebaniego y el afamado orujo, que atraen como cantos de sirenucas, como se llama a las sirenas en Cantabria. Al caer la noche, asimismo, abren los locales que, como santuarios, incitan a practicar libaciones rituales. Si además la visita coincide con la Fiesta del Orujo en noviembre, no tendremos salvación.
Pero desde Potes un pequeño desvío conduce por empinadas cuestas por el tramo final del Camino Lebaniego, que desemboca en el monasterio de Santo Toribio. Es hora de expiar los excesos del día anterior y estamos de suerte, puesto que el 16 de abril de 2023 comenzó el Año Jubilar, lo que significa que en el monasterio se abre la Puerta del Perdón que concede indulgencia plenaria, es decir el perdón de todos los pecados a quien la atraviese en peregrinación.
Fuente Dé / Foto: Shutterstock
No se podría terminar mejor el viaje que en el lugar donde las brisas marinas del Cantábrico acarician las cumbres de los Picos de Europa. El teleférico de Fuente Dé deposita a 1823 m de altura en tan solo cuatro minutos a familias que buscan contemplar las vistas y también a montañistas dispuestos a subir el Peña Vieja (2614 m), techo de Cantabria.
En la cima de Fuente Dé es posible darse el lujo de pedir un café, asomarse al mirador sobre el circo glaciar en el que nace el río Deva, extender la vista a la inmensidad circundante y sobrecogerse ante la belleza infinita e indómita que cautivó al emperador Augusto, la Cantabria eterna que fascina al viajero actual.
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