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En Botsuana no es oro todo lo que reluce, pero es muy probable que si hay algo que brilla sea un diamante. No en vano, en este país del África austral, encajonado entre Sudáfrica, Namibia, Zimbabue y Zambia –con quien comparte una de las fronteras más cortas del mundo–, y a más de quinientos kilómetros del mar más cercano, se han hallado, solo en la última década, seis de los diez diamantes en bruto más grandes del mundo.
Pero además de las valiosas gemas que salen de sus entrañas y convierten Botsuana en el primer productor mundial por calidad y valor de lo extraído, este rincón africano esconde otras magníficas joyas para deleite de cualquier viajero que se acerque a visitarlas. Y eso que, de entrada, su geografía es poco prometedora, pues aunque el norte del país está bien irrigado y exhibe en algunos puntos un apabullante verdor, las otras tres cuartas partes del territorio están cubiertas por el célebre e inhóspito desierto del Kalahari, lo que explica por qué, con un tamaño similar a toda la Península Ibérica, Botsuana alberga solamente a 2,5 millones de habitantes.
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un desierto lleno de vida
El desierto del Kalahari, que ocupa todo el centro y sudoeste del mapa botsuano y se adentra en tierras namibias y sudafricanas, no es un desierto estrictamente dicho, sino una vasta región semiárida de casi un millón de kilómetros cuadrados que sorprende a quien osa explorarla con una inesperada profusión de vida. Hay dunas, sí, pero se concentran en el extremo sudoeste; el resto lo adornan amplias sabanas, con más o menos vegetación herbácea, matorrales, o acacias dispersas, además de salares y antiguos lechos de ríos que muy ocasionalmente pueden cubrirse de agua, permitiendo todo ello subsistir a una variada fauna, desde antílopes de varias especies hasta grandes felinos.
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Adentrarse por el Kalahari visitando, por ejemplo, el enorme y remoto Parque Transfronterizo Kgalagadi, en el sudoeste de Botsuana y compartido con la vecina Sudáfrica, exige algunos preparativos. No solo se necesita un vehículo todoterreno, sino que las autoridades prohíben circular en solitario, exigiendo que al menos vayan dos vehículos juntos. Además hay que reservar previamente las zonas de acampada e ir perfectamente surtido de comida, gasolina, agua… y leña para cenar al calor de una buena fogata. Al calor, porque a pesar de que durante el día se superan con frecuencia los 35 y los 40 ºC, aquí –como en cualquier desierto que se precie– hay una enorme oscilación térmica entre el día y la noche, alcanzando temperaturas negativas más a menudo de lo que pueda parecer. Además, buena parte del territorio botsuano se encuentra por encima de mil metros sobre el nivel del mar, lo que favorece unas temperaturas nocturnas más frías y unas diurnas más suaves que en desiertos como el Sáhara, a baja altitud.
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observar leopardos en el Kalahari
Circulando despacio por las pistas de arena –roja en algunos tramos, ocre en otros– y, sobre todo, esperando con paciencia cerca de las charcas o apostados en algún lugar elevado contemplando el lecho seco de un río, serán muchas las opciones de observar gacelas y otros antílopes, como el corpulento eland. Si la suerte acompaña, quizá aparezca alguno de los grandes predadores: leopardo, guepardo o algún enigmático león de melena negra. No faltarán los curiosos suricatos, ni aves como la avestruz, especialmente graciosa cuando va con sus polluelos, o el chotacabras, un ave que pone sus huevos a ras del suelo.
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Ghanzi y los bosquimanos
Más al norte, la ciudad de Ghanzi se levanta sobre un vasto depósito de aguas artesianas que hace factibles la agricultura y la ganadería –la ciudad es un centro de producción y exportación de carne–. Además, Ghanzi es una buena base para conocer a los san. También llamados bosquimanos –un nombre puesto por los afrikáners, descendientes de los colonos holandeses–, llevan miles de años poblando este inhóspito rincón del globo, subsistiendo como cazadores recolectores nómadas hasta que hace unas décadas, intereses totalmente ajenos a ellos les han privado de seguir haciéndolo y, en muchos casos, los han expulsado de sus tierras. Pero antes ya habían sido los pueblos bantús llegados del norte, y los colonos por el sur los que fueron reduciendo sus dominios.
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Obligados por las circunstancias, algunos han reorientado su actividad al turismo y ahora ofrecen a los viajeros la posibilidad de conocer su forma de vida ancestral, su cultura, sus danzas, su alimentación e incluso opciones de alojamiento. De manera que el visitante puede acompañarlos en un recorrido en el que muestran cómo obtener agua de un enorme tubérculo, qué hierbas tienen usos medicinales, qué raíces o frutos son comestibles… o cómo conseguir fuego frotando dos simples palos, algo tan sabido en la teoría y explicado en libros, pero tan poco visto en la práctica por la gran mayoría de viajeros.
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diamantes de leyenda en Botsuana
Muy distintos debieron de ser los encuentros de los san con los aventureros que desde mitad del siglo XIX pasaron por aquí. Por ejemplo, el Gran Farini, funambulista pionero en cruzar las cataratas del Niágara sobre un alambre. Tras oír que en este rincón de África podría haber diamantes, dejó las acrobacias y vino a buscarlas.
No tuvo éxito con las gemas, pero aseguró haber descubierto los restos de una ciudad perdida en el desierto. Su historia generó interés entre exploradores buscafortunas pero, hasta hoy, es solo una leyenda.
El Gran Farini no andaba desencaminado, pues en 1955 se halló un primer diamante junto al río Motloutse, en la zona este del país. Aquel descubrimiento animó a la poderosa firma sudafricana De Beers a comenzar la prospección del territorio de Bechuanalandia, hoy Botsuana, que por entonces aún era un protectorado británico. Por fortuna para los ciudadanos botsuanos, el hallazgo del primer yacimiento que cambiaría el rumbo de la economía –y con ello la historia del país– ocurrió más tarde, ya en 1967, apenas unos meses después de que el país declarase su independencia del Reino Unido.
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Las muchas caras del país
Por suerte también, el jugoso fruto de las minas ha revertido en la mejora del país. El Partido Democrático de Botsuana (PDB), que lideró la ruptura pacífica y negociada con la metrópoli británica, lleva gobernando el país desde la independencia tras sucesivas victorias electorales en comicios libres y multipartidistas, y ha sabido gestionar bien –y con suficiente transparencia– los beneficios mineros. La inversión en educación y otros asuntos sociales ha conseguido que Botsuana no solo sea hoy la democracia más antigua y estable del continente, sino que pasase de ser uno de los países más pobres del mundo en el momento de la independencia a disfrutar ahora de un nivel de vida medio. Graves desigualdades sociales y una de las más altas tasas del sida del planeta son, sin duda, la otra cara de la moneda.
Mucho antes, el primer hombre blanco –al menos que se sepa– en cruzar y describir buena parte del territorio botsuano fue el médico, misionero y explorador escocés David Livingstone, que en 1849 partió de su misión de Kolobeng –muy cerca de donde está la capital actual, Gaborone– en busca del norteño lago Ngami, del que había oído hablar a los nativos. Tras la dura travesía por tierras desérticas, el encuentro con tanta agua supuso todo un alivio. Y no es de extrañar que se refiriera a la zona como el país lleno de ríos, porque el citado lago ocupa la esquina sudoeste del célebre delta del Okavango, un
auténtico vergel y uno de los principales atractivos no solo de Botsuana sino de todo el continente.
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okavango, un espectáculo de la naturaleza
Con sus fuentes en una lluviosa región de Angola, el río Okavango recorre parte de sus 1.600 km por tierras angoleñas y namibias antes de entrar a morir ya en territorio de Botsuana. Y lo hace abriéndose generosamente en un abanico de canales, islas, lagunas y una exuberante vegetación; un paisaje que cambia constantemente de fisonomía al ritmo que aumenta o decrece el nivel del agua.
Cuando el nivel del agua desciende, los islotes se hacen islas; los pequeños canales se secan o quedan reducidos a finas líneas de agua; las lagunas se encogen… Cuando sube, muchas islas se sumergen, las charcas aisladas se tornan lagunas, y la vegetación flotante se abre dejando libres amplios canales. Curiosamente, alcanza su apogeo en temporada seca, pues la escasa pendiente del río hace que las aguas recogidas en su fuente en plena época lluviosa y aumentadas con los chubascos recibidos durante el trayecto tarden varios meses en llegar al delta. Por contra, sus mínimos coinciden con el inicio de la temporada de lluvias, cuando ya buena parte del agua se ha evaporado o filtrado y todavía falta por llegar el nuevo aporte.
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un delta perfecto
Visto sobre un mapa o en una foto de satélite, resulta el delta perfecto, con su forma triangular o de letra delta griega, de la que toman su nombre estos accidentes geográficos desde que, en el siglo V a.C., el geógrafo Heródoto se refirió así al nítidamente triangular delta del Nilo. Pero de nuevo las apariencias engañan, pues no se trata de un delta propiamente dicho sino de un cono de deyección o, más bonito, de un abanico aluvial. En lugar de morir en el mar, sus aguas se pierden por evaporación y filtración poco después de entrar en Botsuana, discurrir durante unos cien kilómetros encajonado en una falla y desparramarse a continuación al quedar libre de constricción formando un imponente humedal.
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Aunque dependa de la temporada, siempre que es factible se impone surcar en lancha rápida los canales de mediana anchura, esquivando a toda velocidad la vegetación ribereña y así desembocar en una amplia e inesperada laguna plagada de nenúfares y cocodrilos. Igualmente emociona avanzar sobre un mokoro –canoa tradicional tallada en un tronco– que, impulsado por un remero y su larga pértiga, se abre paso a duras penas entre dos densas y altas paredes de papiros que esconden lo que hay detrás. El canto de algún ave camuflada entre el verdor y el suave chasquido de la pértiga al contacto con el agua, rompen ligeramente el silencio. Y entonces… la tensión aumenta al pensar que esas estrechas y poco profundas vías acuáticas son también el camino preferido de los hipopótamos, a quienes no les gustan los encuentros repentinos.
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Acacias, jirafas y sabana
Una caminata guiada por alguna isla ayuda a entender la flora autóctona y el uso que se da a las distintas especies: acacias, palmeras, acacias, marulas –con los que se elabora un conocido licor– o los bien llamados árboles salchicha, con sus enormes, duros e inconfundibles frutos alargados. Práctica será también la charla sobre huellas, nidos y excrementos de la esquiva fauna local.
El único inconveniente, si se puede considerar tal, es precisamente que aunque el delta alberga gran cantidad de animales, incluyendo elefantes, antílopes diversos, e incluso grandes felinos, la densa vegetación y la abundancia de agua dificultan observarla. La solución: visitar la reserva de Moremi que, en plena área deltaica, se fundó en 1963 por iniciativa de los pobladores locales para proteger una fauna cada vez más amenazada por la caza indiscriminada y por un ganado que iba ganando más y más terreno. En Moremi se alternan los bosques de mopane –inconfundible por sus hojas con forma de mariposa– y las acacias de amenazantes pinchos, con áreas de sabana, zonas pantanosas y también lagunas.
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okavango a vista de pájaro
Y, siendo un destino propicio, resulta inevitable querer «cazar» con la vista y la cámara los big five, los cinco grandes. Esa denominación, que incluye león, leopardo, búfalo, elefante y rinoceronte, surgió entre los cazadores de la época colonial porque los consideraban las piezas más difíciles de abatir. Durante un tiempo el parque se quedó sin rinocerontes, pero fueron reintroducidos varios ejemplares, tanto negros como blancos, y de nuevo está completa la lista.
A pesar de que no se puedan «cazar» todos, la visita a Moremi no habrá sido en balde pues seguro que habrán sido muchos los encuentros con antílopes, hipopótamos, aves de lo más colorido y diverso. Y, con algo más de suerte, con licaones, ya escasos en otros puntos del continente, guepardos y cocodrilos. Algunas áreas de la reserva son accesibles en vehículo todoterreno, pero a otras, incluidos algunos lodges exclusivos, solo se llega volando. Sea aquí o en otro rincón del delta del Okavango, es más que recomendable realizar algún vuelo en avioneta o en helicóptero: contemplar el enorme vergel desplegarse bajo los pies y distinguir, por ejemplo, las diminutas figuras de una familia de elefantes disfrutando de un baño vespertino a escasa distancia de un grupo de hipopótamos es una experiencia imborrable.
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Parque nacional de chobe
En avioneta se puede llegar también a Kasane, justo en la esquina nordeste del país y puerta de entrada al Parque Nacional de Chobe, más accesible y asequible que Moremi y cita obligada en cualquier recorrido por el país. Es uno de los mejores espacios protegidos de África y tiene entre sus muchos méritos no solo que alberga a los cinco grandes sino que concentra en su territorio de 11,700 km² la mayor población de elefantes del planeta.
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La zona más accesible del parque Chobe y la que más fauna acoge discurre paralela al Chobe, que al ser un río permanente permite la concentración de animales todo el año y la existencia de bosques ribereños. Para disfrutarla, lo mejor es contratar un safari y dejarse sorprender por la agilidad de los conductores al detectar el más leve movimiento o el más minúsculo bulto susceptible de ser un animal. Y es que el ojo no experto tardará en ver lo que para ellos es evidente: un leopardo reposando a horcajadas sobre una rama; una jirafa ramoneando en una acacia; o una colorida carraca desplegando sus deslumbrantes alas turquesas.
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Cataratas Victoria
Tras dar vida al parque, el río Chobe muere al verter sus aguas en el poderoso Zambeze, en una singular cuádruple frontera donde confluyen Botsuana, Namibia, Zambia, y Zimbabue. Pocos kilómetros después, el propio Zambeze se desploma al vacío desde lo alto de una falla de cien metros de altura formado las espléndidas Cataratas Victoria, sin duda otro de los grandes espectáculos del continente. Lamentablemente para Botsuana los saltos caen del lado de Zambia y Zimbabue, sin que le toque nada del pastel. Sin embargo, a tan solo una hora por carretera desde Kasane, la visita a las cataratas es sin duda un complemento perfecto para cualquier viaje por el norte del país.
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elefantes al crepúsculo
Para despedirse de Botsuana como se merece hay que volver a meterse en el agua. Y será surcando las aguas del Chobe al atardecer, cuando en sus orillas bulle la mayor actividad. Delante del barco, una larga y ordenada fila de elefantes cruza la corriente. A babor, dos hipopótamos se retan mostrándose con las bocas abiertas de par en par sus afilados colmillos, mientras manadas de cientos de búfalos pastan ajenos en lontananza. A proa, varios cocodrilos acechan con el cuerpo medio sumergido como un grupo de gacelas beben impasibles en la orilla. Y a estribor, ay, a estribor… una enorme esfera naranja ocultándose tras el horizonte.
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